¿Para qué le sirven las políticas públicas a la cultura?

La discusión parece advertir cierto cauce de estancamiento.  Nuevamente volvemos a insistir: ¿Será que la cultura no condice con lo político? Las limitaciones conceptuales actuales referentes al campo cultural, sostenido de imprecisiones e inflexiones, no permiten que la discusión específica de los diferentes sectores involucrados se permee en programas, planes o políticas para que en el sustento territorial determinado incidan en beneficiar los derechos culturales para una más comprometida convivencia humana. La crisis, como tendencia fecunda o como cauce de conocimiento (Zavaleta), del amplio campo cultural vaticina que sin discutir e incidir en el escenario político difícilmente vamos a poder consolidar estrategias y procesos legislativos lejanos del peso del arbitrio estatal, más cercanos a procesos que involucren la efectiva democratización de lo cultural y artístico.

A continuación se presenta un texto de Claudia Montilla Vargas, publicado en la Revista EGOB. Revista de asuntos públicos, Nº 6, de la Universidad de los Andes-Colombia en diciembre de 2010; para vislumbrar la consideración de los planos de actuación de las políticas públicas que en cultura se gesten con el trasluz de investigadores y actores de reconocido prestigio; más aún ahora que el vacío legislativo exige disponer de la capacidad creadora y participativa de intervención social.

Carlos Carmona. Taller 7

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­____________________________________________________________________________

Claudia Montilla Vargas (*)

¿Para qué le sirven las políticas públicas a la cultura? y ¿por qué hay que hacer políticas públicas en cultura? fueron las preguntas que planteamos. Las respuestas amables estuvieron a cargo de uno de los pensadores más significativos en el tema, como lo es el colombo-español Jesús Martín-Barbero; de un gestor globalizado con alta experiencia en la cooperación internacional, como el español Fernando Vicario; de un estudioso de lo cultural desde la investigación académica, como el galés Nicholas Morgan; y de un practicante de las políticas culturales por más de quince años, el colombiano Luis Soto. A través de sus escritos encontramos itinerarios diversos para la conversación acerca de las políticas culturales.

La política pública es un marco de referencia común que determina una regulación colectiva para un sector que, a juicio del Estado, es importante. Las políticas públicas son entonces cruciales en cuanto constituyen un marco de referencia común para que un sector determinado, como la cultura, por ejemplo, sea posible y tenga incidencia en la sociedad. En la actualidad, el debate sobre el deber ser y los alcances de las políticas culturales ha llamado la atención de muchos sectores en diversas sociedades y grupos de interés. La Unesco, La AECID, la OEI, la OEA, el BM, el BID y un sinnúmero de países han llegado a considerar que sin políticas culturales no hay democracia ni desarrollo.

Y si bien las políticas públicas no resuelven los problemas, por lo menos crean el marco dentro del cual se hace posible la actuación. En el campo cultural, las políticas públicas son fundamentales porque a través de ellas se diseña una regulación colectiva que fortalece la creatividad, la democracia, la ciudadanía cultural, la diversidad de identidades y la equidad en la asignación de recursos y acciones públicas.

Las teorías contemporáneas definen la cultura como aquello que inscribe al individuo en el mundo, lo legitima y le permite construir sentido. En la práctica, la cultura es el campo de lo diverso, lo múltiple, lo fluido; por esta razón, los estudiosos hablan de culturas, en plural. En nuestro debate, por ejemplo, Nicholas Morgan afirma que la cultura incluye todo lo que tiene que ver con los procesos mediante los cuales se construye el sentido y que es el espacio no sólo de lo que se hace y lo que no se hace, sino también de quién cuenta y quién no cuenta en la sociedad. Por eso mismo, concluye Morgan, las políticas culturales deben extenderse a todos los ámbitos de la experiencia humana.

Así, el campo de la(s) cultura(s) en nuestra contemporaneidad hace referencia a manifestaciones como lo que denominamos las bellas artes —música, artes plásticas, teatro, danza, escultura, literatura, cine—, pero también a la diversidad cultural o a aquello que reconocemos como experiencias de la identidad —lo afro, lo indígena, las sexualidades—, a los usos y costumbres populares —fiestas, carnavales, bailes, música— y a las industrias culturales —medios de comunicación y medios digitales—. Lo cultural adquiere significación social y política desde sus adjetivos ‘ciudadano’, ‘diversidad’, ‘juvenil’, ‘femenina’, ‘étnica’. La cultura se ha convertido, entonces, en estrategia de alto valor político para el reconocimiento de la discriminación y la desigualdad, uno de los logros más importantes de la democracia.

Nuestros invitados comparten la idea de que “la cultura es un bien público” y que, por lo tanto, como escribe Soto, “el Estado no puede marginarse de su obligada tarea de asegurar las bases para que los creadores y los ciudadanos obtengan las condiciones para crear y expresarse con plenitud”.

Pero este reconocimiento sigue siendo un horizonte y no una práctica cotidiana; somos diversos en la retórica pero no tanto en las prácticas ciudadanas. Podría decirse que la diversidad cultural surge cuando se trata de las campañas de imagen del país y poco más. Esto se debe, tal vez, a que seguimos la fórmula de que “El Estado debe apoyar la cultura sin intervenir”, lo que al fin de cuentas se reduce a que los gestores culturales y sus iniciativas, junto con el mercado, sean quienes marquen el rumbo de los asuntos culturales. Así, Colombia cuenta con muy buenas políticas en el ámbito del cine, del libro y del patrimonio; políticas dispersas, fragmentarias y hasta excluyentes en las artes, los museos y las memorias; políticas de mercado para las tecnologías, el internet, el entretenimiento y los medios masivos; y políticas de inclusión de las mujeres, lo indígena y lo afro. Sin embargo, no se aprecia en el panorama un sentido compartido o unificado.

Y es que para promover políticas públicas hay dos opciones: regular todo en detalle o regular lo mínimo pero fundamental que organice los principios del sector y que permita libertad de movimiento e imaginación. En cualquier caso, independientemente del rumbo que tome la formulación, hay una serie de asuntos a los que debe referirse una política pública cultural: la institucionalidad del sector cultural; los programas de estímulos a la creación, la memoria y la investigación; la promoción y fomento de las artes; la educación artística dentro del currículo escolar; la creación y desarrollo permanente de museos, archivos y centros de memoria; la regulación respecto a la identidad y diversidad cultural; la protección de las minorías étnicas y las tradiciones identitarias; la preservación del patrimonio cultural material e inmaterial; los medios de comunicación, internet y telefonía celular; la distribución de las obras culturales; la educación, formación y fomento de las audiencias y la promoción del respeto de los derechos de autor.

A partir de los textos de nuestros invitados, podemos reconstruir tres preguntas que podrían organizar la reflexión sobre la cultura y sus políticas culturales:

La primera pregunta tiene que ver con definir cuál es el lugar de la cultura en la sociedad. Jesús Martín Barbero propone pensar la respuesta desde las artes, las identidades y las mutaciones de las tecnologías de la comunicación. Fernando Vicario invita a pensar en cómo instaura el individuo nuevas formas de lo público en las cuales poner en juego la capacidad de convivir y encontrarse como ciudadano. Luis Soto explica que la cultura sirve para ejercer la creatividad, la capacidad de soñar y de apuntar a nuevos futuros y para lograr que la sociedad tenga cada vez más conciencia crítica y los ciudadanos más medios para ser sí mismos. Nicholas Morgan nos recuerda que la cultura es un bien social que hay que fomentar y proteger y un lujo del cual los políticos pueden prescindir en los momentos de crisis presupuestal. Y es que para los políticos, la cultura sigue siendo marginal, porque desvía de lo que ‘realmente cuenta’. Por eso al hablar de ‘políticas de la cultura’ haríamos bien de recordar que todas las políticas son en sí culturales, que hay que pensar la ‘cultura política’ y la sensibilidad cultural en la política.

La otra pregunta es qué significa hacer políticas culturales en nuestro tiempo. Las respuestas tienen que dar cuenta, según Martín-Barbero, de la explosión de los fundamentalismos identitarios, la fragilidad de la identidad individual, la reinvención de las identidades culturales, la idea de interculturalidad, el debilitamiento de los Estados-nación, las industrias mediáticas y digitales, las migraciones poblacionales y los procesos de comunicación intercultural. Fernando Vicario explica que la política cultural es un ensayo social para la construcción del modelo que soñamos para nuestro entorno, la acción para incorporar de forma ordenada todos los disensos sociales, escucharlos, darles su espacio de crecimiento y conseguir que actúen de forma coordinada por el bien social. Luis Soto afirma que el lugar de las políticas culturales es aquél donde se concretan sueños y aspiraciones de las comunidades y donde se incorpora la cultura en las tomas de decisión de entidades territoriales y nacionales, y que las políticas culturales sirven para la transformación de ciudades; el reconocimiento de patrimonios; el fomento de creadores, investigadores y gestores culturales; ejercer la creatividad y la capacidad de futuro; asegurar el pluralismo y la diversidad; propiciar la crítica, el disenso y la inconformidad.

Finalmente, ¿Y qué políticas? Necesitamos políticas que sean capaces de activar conjuntamente lo que proponen los territorios, las artes, las etnias y las raigambres con lo que ponen las redes, los flujos y los circuitos. Unas políticas culturales que sirvan para conservar, fomentar y cuidar lo cultural; para innovar, crear y potenciar su inserción en los procesos de educación y cohesión social; para fomentar la creatividad, la diversidad, la participación a través de fiestas, espacios públicos compartidos, exposiciones abiertas y espectáculos para todos los sectores sociales; para preservar la memoria. Y unas políticas culturales que no estén sujetas a los vaivenes de las culturas políticas ni a los caprichos de los gobernantes de turno.

(*) Claudia Montilla Vargas, que en la publicación se la retrata como editora invitada es filósofa con doctorado en Literatura comparada. Fue decana de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de Los Andes-Colombia.

About these ads

~ por politicasculturalesblog en 28 marzo, 2011.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 27 seguidores

%d personas les gusta esto: