Cruce de caminos

Anotaciones de cultura(s) y políticas culturales en Bolivia

Es a propósito del artículo sobre políticas culturales intitulado “Tablero inconcluso” que publicaba el periodista Oscar Jordán A.,[1] que se pretende exponer con amplitud, esperemos la permisible, puntos de vista –nada más– sobre la provocación que suscitaba.

© Afiche del foro: ¿A dónde vamos? Progreso en diferentes culturas. PIEB

De hecho, el título no podía ser más preciso; mas la metáfora con el mentado juego, advertía la incapacidad de establecer precisamente líneas y estrategias de acción o de juego para poder delinear ahora políticas culturales que a decir, con una definición sencilla en palabras del argentino Néstor García Canclini, son: «el conjunto de intervenciones realizadas por el Estado, las  instituciones civiles y los grupos comunitarios organizados a fin de orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población y obtener consenso para un tipo de orden o transformación social».[2]

Dos apelativos y campos arduamente rebuscados e imprecisos, el de política y de cultura; para no entrar más en el detalle de su genealogía y/o filiación heurística, hemos de evitar, ahora, pretender más definiciones.

Hablamos de cultura y advertimos la totalidad y necesidad de expresar el desvarío. ¿De qué campo estamos hablando cuando acometemos lo cultural?, y ¿qué campos precisos son los que se pueden distinguir al plantear el escenario cultural? Sin embargo, en el curso de definición de políticas públicas se hace necesaria su delimitación precisa, más aún cuando se tiene un entramado jurídico-burocrático institucional del emergente Estado Plurinacional (que sostiene un Ministerio de Culturas).

Tiempos éstos en los que pareciera que totalizamos la connotación cultural, cuando a escala global políticamente se afirma la diversidad, entendiendo las líneas de actuación de la Unesco, y explicitamos más órdenes en las que el aspecto cultural está vinculado en el soporte material o en la generación de excedente, señalado en los reportes de los PIB’s nacionales. La tensión global-local, ¿cómo la con-fundimos?, ¿de qué manera nos involucramos en una cultura global? Recurrimos al arte y sus tendencias globales o profundizamos en afianzar raíces y las enmascaramos bajo una premisa ligera de identidad.

El juicio que sostenía el viceministro de descolonización del Estado, Félix Cárdenas, en la entrevista que publicamos se yergue con firmeza: “Estamos ante la frontera de la democracia, cómo se concibe la democracia, pero también en la frontera del ejercicio de los derechos de los pueblos indígenas. Es una tensión que va a ser permanente, no va a ser fácil ingresar en un proceso de cambio; parece que no estamos todavía empezando. Entonces yo lo veo como algo saludable, que haya tensiones, porque eso concientiza, eso te hace hacer opción”.

El matiz de colonialidad en Bolivia contamina el debate: hablamos de “la” cultura, de “las” culturas o de “la” cultura de las culturas. ¿Hacia cuál(es) de estos ámbitos se destinan los fondos estatales?

La necesidad de establecer campos definidos y aclaraciones conceptuales son empujes fundamentales para emprender tareas de la necesaria institucionalización –en la clásica racionalidad burocrática– que debemos considerar para el escenario cultural. Ir más allá de su sencilla máscara con que se lo confunde y de las etiquetas que los medios de comunicación imponen: sólo el despliegue artístico en su versión de espectáculo, connotando lo cultural a su arbitrario juicio valorativo de señalar qué merece cobertura.

La crítica o el ejercicio de sobre-escritura, reposa en matices de (auto)lamentaciones, aludiendo que los desaciertos u omisiones de gestión cultural deben ser subsanados por el aparato estatal, legitimando así su labor de intervención en el campo.

Precisando lo cultural, William Aguilar,[3] Jefe de la Unidad de Coordinación de los Consejos Departamentales de Culturas del ministerio, expresaba que “hay necesidad de superar [la perspectiva de] la cultura solamente como mirada del arte: es la primera cosa fundamental que con esta nueva forma de ver la gestión cultural se está iniciando; segundo, dejar de ver a la cultura sólo como pueblos indígenas; y tercero, dejar de ver a la cultura sólo como folklore o patrimonio. Hay necesidad de integrar todas estas miradas en una sola y tener una mirada holística, integral, integradora…”

Ya es de conocimiento reiterado, expresado en múltiples instancias por distintos sectores involucrados en los escenarios artísticos y culturales, que las disposiciones de gestión cultural desde los escenarios públicos carecen de objetivos concretos y tramados jurídico-institucionales que permitan su continuidad: “[A]l interior del Ministerio de Culturas [y, sostenemos, en otras dependencias de cultura de los demás órganos públicos], existen miradas muy claras de las autoridades, que de pronto en una gestión pueden dar más prioridad al tema del patrimonio, en otras al tema de la interculturalidad o a la promoción y difusión de las artes; mucho depende del ministro o la ministra que tenga las funciones”, señalaba Aguilar, reforzando la actitud de que no existen líneas de acción programática y, de existirlas, éstas se subordinarían a los cargos del gobierno de turno.

Se sostiene con bastante recurrencia la carencia de apoyo estatal (también privado) y la inexistencia de políticas culturales públicas capaces de articular y promover un marco general de desarrollo cultural y social en el país con procedimientos y mecanismos institucionalizados y soporte financiero óptimo, a pesar de que el programa gubernamental vigente aludiría diez puntos que propulsarían la denominada revolución cultural:[4] 1. Defensa, preservación y promoción del patrimonio (arqueológico, monumental, arquitectónico e inmaterial); 2. Fomento de la producción cultural, artística e intelectual; 3. Forjamiento de una cultura ciudadana para luchar contra el racismo y la discriminación; 4. Transformación del Estado colonial en el Estado Plurinacional, concretamente con la figuración de un nuevo servidor público; 5. Creación del Sistema Plurinacional de Formación Artística (cine, música, teatro); 6. Creación de industrias culturales; 7. Infraestructura (espacios culturales patrimoniales); 8. Plan nacional de fomento a la lectura; 9. Catalogación y registro internacional de la producción artística e intelectual y 10. Formación gratuita en idiomas oficiales originarios y otras expresiones culturales.

Advirtiéndose cierto tramado liberal de no intervención en el campo; la legislación cultural boliviana es escasa aún en las funciones básicas que ha conllevado controlar y reglamentar la actividad artística y cultural en el enfoque básico de la administración cultural: fomento a la creación (formación artística, concursos, premios…), protección del patrimonio (museos, sitios arqueológicos, inmuebles patrimoniales, entradas folklóricas…) y divulgación cultural (publicaciones, conciertos, registro, políticas de turismo…).

Las disposiciones constitucionales de reformulación estatal, tras la promulgación de la nueva Constitución  dejan espacios abiertos que necesitan de (re)definición. El campo cultural –por la plurinacionalidad reconocida– cobra elevada notoriedad a la par de su difusión e inconsistencia conceptuales, advertida actualmente en textos legislativos, acciones gubernamentales y manifiestos de autoridades públicas; haciéndose necesaria la intervención de los diferentes sectores para ampliar el espectro definitorio estatal: el vivir bien, y apoyar el curso participativo de actuación en la planificación y gestión de políticas culturales.

Una de estas intenciones, precisamente, emergió de la propia esfera estatal al legalizar los Consejos Departamentales de Culturas en todos los departamentos del país pero que, al parecer, aún tropiezan por agenciar su institucionalización y legitimidad. Ponderable, es destacar que entre sus funciones se establezcan las figuras de proposición, consulta y control culturales y que estén organizados en diferentes mesas temáticas, involucrando a la mayor cantidad de actores culturales: el resultado de su desempeño sólo será fruto de la capacidad de su organización.

No podemos resolver el horizonte cultural si no articulamos estrategias que vinculadas con lo productivo-territorial, lo histórico y lo educativo se desplieguen con características sociales. La(s) cultura(s) deben dejar de ser vistas sólo como un gasto o como la respuesta mercantil que atienda el consumo cultural. La construcción participativa se hace necesaria; para dejar la acostumbrada noción expectante de caudillismos artísticos o vanguardias que guiarán el curso general del estallido. La responsabilidad debe manifestarse mancomunadamente en el entendido de que los aportes de distintas miradas y diferentes escenarios de actuación, permitan la consolidación de propuestas sobre el marco legislativo de culturas y aquellas propuestas que acompañen los procesos de institucionalización y gestión de la cadena de valor del arte y la(s) cultura(s). Ésta la provocación a conformar una red de iniciativas de políticas culturales en Bolivia.


[1] Publicado en el periódico Los Tiempos, el domingo 13 de febrero de 2011. Lamentablemente se esperó demasiado, creyendo ingenuamente que la invitación provocaría manifestaciones y continuidad del debate: ¿Será que lo cultural no armoniza con lo político?

[2] En: “Políticas culturales en América Latina”, Grijalbo, México D.F., 1987.

[3] Entrevista realizada en su despacho, el 31 de enero de 2011.

[4] En el apartado 25 del programa de gobierno del MAS-IPSP, 2010-2015.

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~ por politicasculturalesblog en 11 marzo, 2011.

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